28 de junio de 2014

XVII Travesía Degaña-Ibias

Empezaré contando cómo llegamos a esta travesía por el Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, el mayor en extensión de Asturias. Hay que remontarse al II Desafío Ciudad de Oviedo disputado en septiembre del 2012 cuando compartiendo un momento de charla con un biker de Gijón sobre las pruebas que había por el norte de España, me recomendó una travesía que se hacía en los concejos de Degaña e Ibias, por su entorno, pero sobre todo por el buen ambiente y compañerismo que se respiraba, en definitiva, un fin de semana para disfrutar de la bici sin prisas, sin chips y sin tiempos...a tu aire. Este fue el principal motivo por el cual 2 años después, Fonso, Javi y un servidor acudimos a la XVII Travesía Degaña-Ibias.

La travesía está organizada por el Club El Rozón y consiste en desplazarse desde Cerredo a San Antolín de Ibias por todo tipo de terreno, carretera, caminos, pistas y senderos, hacer noche y regresar al día siguiente al punto de partida por un recorrido diferente. Uno sólo tiene que preocuparse de disfrutar, desde la salida el sábado por la mañana hasta el regreso el domingo al mediodía ellos se encargan de llevarte la bolsa o mochila con tus pertenencias, custodiar la bici, alojarte y darte de comer, un "todo incluido".

El viernes por la tarde después de 3 horas de viaje llegamos a Cerredo, localizamos  los apartamentos Tía María, de trato inmejorable dicho sea de paso, e hicimos el "check in" . Seguido, salimos a dar una vuelta por el pueblo para buscar un sitio donde cenar, por suerte nos encontramos con Miguel de la organización que nos facilitó la búsqueda. Para concluir el día recogimos los dorsales y tomamos una última cervecita mientras veíamos videos de ediciones anteriores de la travesía.
Momentos previos a la salida en Cerredo.
Primer día: sobre las 7:00 a toque de diana en pie y lo primero que hacemos es mirar por la ventana para comprobar que efectivamente el hombre del tiempo tenía razón... ¡la cosa pinta mal! El desayuno estaba previsto en la terraza pero el mal tiempo hace que lo recibamos en la habitación, todo un lujo. Preparamos la bolsa, nos vestimos de romanos y a la calle a dar pedales...

En la salida ya comprobamos la tranquilidad con la que se toma la marcha, el ambiente es parecido al de una quedada, se sale muy tranquilo y luego en marcha el ritmo ya cada uno coge el que puede o quiere. Para empezar atravesamos un precioso hayedo siguiendo el GR-203, uno de esos lugares que no se olvidan fácilmente, realmente bonito de recorrer. Ya en Degaña seguimos por una caleya que comunica con Rebollar para afrontar  la subida por carretera al alto del Campillo (1078 m). Alcanzado este primer escollo cogemos un desvío para seguir alternando pistas y algún que otro camino asfaltado. Cruzamos  los pueblos de Tablado Sisterna  y llegamos a El Bao, lugar del primer avituallamiento. Tras una pasada por agua espera para reagrupar (para los que llegamos pronto se hizo un poco dura) la organización decide eliminar los reagrupamientos, la comida en Pelliceira y acortar algo la ruta, aplicando el sentido común pues no estaba el día para muchas paradas.
Continuamos, por la carretera de Llanelo subimos el puerto de Tormaleo (1037 m),  en el mismo alto y dejando a nuestra derecha la mina de Tormaleo, de nuevo giramos a la izquierda  para coger una pista que rodea el valle de Luiña, otro tramo espectacular de recorrer pese a que la niebla  vagamente nos permite disfrutar de las vistas. Vemos la mina de Villares de Arriba, que se muestra durante el comienzo de la ascensión a Pelliceira, aldea de mayor altura del concejo de Ibias y que tiene la peculiaridad de estar una parte en Asturias y otra en Galicia, lamentablemente el tiempo no acompañaba y sólo paramos por el avituallamiento.

Para terminar y como colofón a la ruta una excelente bajada desde la aldea de Pousadoiro por un sendero single-track -¡Cómo gusta este término! con una gran combinación de piedras y barro, aunque no excesivamente técnico, una gozada. Una pena no haber hecho fotos o haberlo grabado con la GoPro -se quedó sin batería-, estos descensos es lo que tienen, se disfrutan tanto que a uno se le olvida parar. Al llegar a San Antolín de Ibias tenemos un poco de sidra y empanada para recuperar fuerzas, seguido una duchita y a pasar la tarde hasta la hora de cenar y dormir.

Siguiendo el GR-203
Segundo día: hoy nos levantamos un poco más tarde, ya nos hemos dado cuenta de que no hay tanta prisa. El tiempo parece que va a ser benévolo con nosotros, sin lluvia e  incluso puede que tengamos sol. Como hiciéramos el primer día, desayunamos, preparamos los bártulos de la bolsa, ponemos a punto la bici y... a pedalear.

Comenzamos subiendo el Puerto del Connio por carretera, son poco más de 3 km hasta coger un desvío por un duro y bonito sendero que asciende hacia San Esteban, al final del mismo abriéndonos paso entre helechos es donde creemos que Fonso recogió un polizón llamado garrapata -y que traería hasta Cantabria-. Pasamos el pueblo de Bustelo y ya por pista recorrimos la ladera por la margen derecha del río Ibias en un continuo acumular metros de ascenso, aunque de sobra recompensados con los extraordinarios paisajes del Valle de Degaña y su entorno.

Casas de piedra y pizarra en Omente

En Omente (km 22), pueblo con gran encanto y mejores vistas, disponemos de avituallamiento y un agradable momento de reunión y descanso a la sombra de las parras. Reanudamos la marcha con un rápido descenso a Villardecendias para luego incorporarnos a otro tramo espectacular de bosque, un sendero que "pica" para arriba y que evitando la carretera nos acerca de nuevo a El Bao. Lo que queda hasta Cerredo lo hacemos prácticamente por el mismo camino de ida exceptuando dos pequeños tramos: uno desde el mismo El Bao, tremendamente duro en su inicio y que luego baja por una especie de pasarela a Sisterna, -un señor mayor del pueblo nos dijo que rondaba el 70% de desnivel, je, je... así, a ojo! Y otro desde Degaña que evita una parte del tramo de carretera de vuelta, los dos opcionales y los dos a la buchaca, no podíamos dejar pasar la oportunidad. Y se acabó la ruta, el recibimiento en Cerredo al terminar a base de sidra, jamón y el famoso hígado encebollado... no tiene precio.

Para terminar y antes de despedirnos todos, una comida de confraternización con entrega de trofeos conmemorativos hacia los participantes, al de mayor edad, al más joven, al desplazamiento más lejano, al club más numeroso, etc. También hubo un emotivo recuerdo a la memoria de Porfirio, compañero y encargado de la cocina en la travesía, el triste destino quiso que no estuviera entre nosotros.

Resumiendo. Un gran fin de semana de BTT, terrenos muy variados y algunos de ellos realmente espectaculares y divertidos de recorrer, fantásticas vistas, buen ambiente y una organización volcada en hacer de esta travesía algo especial para el participante. Con toda seguridad... una de las mejores marchas del norte de España.

Respecto al perfil, el primer día salieron 66 km y algo menos de 1600 m de acumulado, las condiciones metereológicas la hicieron un poco más dura. En cambio el segundo día fueron unos 50 km y más de 1800 m de acumulado, más dura.

Y para poner la guinda final al fin de semana, tuvimos la gran suerte de ver un oso al poco de emprender la vuelta a casa. Nada más empezar a descender el puerto de Cerredo salió delante de nuestras narices a mitad de carretera con la intención de cruzarla, o eso parecía, pero en cuanto se percató de nuestra presencia se giró hacia nosotros y rápidamente  se volvió por donde había salido, metiéndose por debajo del guardarraíl contorsionando su cuerpo como si de una rata gigante se tratara. La primera vez que veíamos un oso en absoluta libertad y aunque en la carretera desluce un poco, es algo que nunca olvidaremos.

Volveremos! Si puede ser para celebrar la mayoría de edad de la travesía.

Perfil día 1, Cerredo - San Antolín de Ibias
 

Perfil día 2, San Antolín de Ibias - Cerredo

15 de mayo de 2014

Travesía por Las Villuercas

La aventura comenzó un 15 de mayo de 2014. Lupe y los niños me acercan hasta Villanueva de la Serena en un viaje con escala en la bonita localidad de Trujillo. El calor es denso y vaticina unas jornadas de bici “calentitas”. Después de comer y dar un pequeño paseo por la localidad, me quedo solo inspeccionando el terreno de salida de la ruta.
El día 16 bien tempranito comienza la aventura. Los nervios son evidentes, pero también la emoción de iniciar una ruta pensada y deseada desde hace ya algunos años. Me cuesta incluso levantarme para afrontar la peripecia pero definitivamente me levanto y bajo a desayunar en el hotel, donde el camarero al interrogarme por la ruta que pretendo hacer se descubre que fue campeón juvenil de mtb en Extremadura hace ya bastantes años. También me indica que la ruta es bonita pero que no está bien conservada.

Finalmente, a las 08:05 horas y después de sacar la foto de inicio, me subo a la bici con muchas inquietudes e incógnitas. La pista en los primeros kms se encuentra bien y en ligero descenso. Estreno mi soporte para el teléfono y compruebo que funciona perfectamente.
En apenas 3 kilómetros comienzan las primeras situaciones difíciles porque finaliza la pista y me doy de frente con una carretera muy concurrida. Menos mal que llevo la ruta cargada porque me hubiera ido en dirección contraria. Retomada la vía verde del Guadiana y atravesando el río por un bonito puente de piedra comienzan a aparecer los extensos campos de cultivo de arroz y demás cultivos de anegación.
Después de intuir nuevamente la ruta por falta de señalización adecuada, me adentro en lo que sería la ruta durante los primeros 25 kms: pista muy llana pero completamente abandonada en donde los arbustos, maleza y más de un árbol de considerables proporciones invaden la vía para convertir este, en principio, apacible paseo de calentamiento en un tránsito complicado y que casi no tiene nada que envidiar a las trialeras más complicadas. Por El Torviscal, el camino está lleno de zarzas y ramas muy densas que me hacen llevarme más de un corte en piernas, brazos y cara. De hecho, me tengo que bajar de la bici en un momento determinado y tal cual explorador de la selva amazónica, tronchar algunas ramas para poder circular.
Pasado este desagradable tramo en el que no logro ritmo ni mucho menos una velocidad excesiva como me imaginaba me encuentro con un primer tramo de dehesa en el que la vía está muy cuidada. El paisaje comienza a acompañar y finalizado este primer pasaje típico extremeño, llego a la estación abandonada de Madrigalejo. Aquí decido comenzar a tomar alimentos y, por supuesto, líquidos.
A partir de aquí, la vía no está tan mal, pero el paisaje es excesivamente monótono de cultivos que no identifico y enormes plantas solares.

Más o menos por el km 40 la ruta empieza a virar más en dirección norte y comienza a cambiar el paisaje a la dehesa rica y húmeda con multitud de arroyos y riachuelos algunos con un caudal más que considerable. Comienzan a aparecer las emociones y a partir de ese momento la ruta se asemeja a lo que tanto había soñado: sin ruidos, aire puro con aromas a tomillo y, por supuesto, jara, mucha jara y yo sólo con la bicicleta viviendo la aventura. Atravieso muchos kilómetros semejantes a los que mis recuerdos de infancia en “el campo” entre encinas, chaparros y jaras. El momento es de los que no se pueden describir y de los que en muchas ocasiones he soñado. El ritmo, ahora sí es constante, no rápido, pero ahora sólo me dedico a pedalear y DISFRUTAR.
Ya en el km 58 llego a Logrosán, fin de la Vía Verde del Guadiana y donde comienza el Camino Natural de las Villuercas. Es cierto que no me adentro en el pueblo, que la vía queda en las afueras pero tantas veces he escuchado eso de “cabeza de partido judicial” que me imaginaba una localidad más grande y aparatosa.

Me alimento un poco y tomo líquidos porque el sol empieza a apretar y el calor se siente ya con cierta severidad. Estiro un poco las piernas, comento con un paisano por dónde continuar la ruta y me lanzo nuevamente a pedalear siendo consciente de que ya se me ha acabado lo llanito.
La ruta, como me imaginaba y esperaba se convierte ya en casi un constante sube y baja, todo por pista bien señalizada. La verdad es que hasta ahora no he tenido la sensación de haber realizado ninguna subida y la pista, ahora sí, empieza a ponerse cuesta arriba y cuesta abajo. Me encuentro con multitud de cartelitos y balizas que hablan de “titan villuercas” ¿qué narices será? Ya lo investigaré.
Todo genial cuando realizo un alto en el camino para divisar a lo lejos el pueblo de Cañamero. Me encuentro genial aunque el calor ya aprieta. No pasa nada, quedan poco más de 20 km para llegar a Alía, fin de la primera etapa….. pero, virgen santa!!! no era consciente de lo que se me venía encima.
Para empezar recordaba del vistazo al perfil que ahí habría alguna rampa, ¡y qué rampa! Cambiamos el grijo incómodo de la pista por el cemento de un semipolígono industrial para empezar a visualizar en el Sigma los dos dígitos constantemente en el indicador de pendiente. Cuando llego arriba, unos paisanos tomando su tentempié a la sombra me miran con desdén y me aconsejan que a Cañamero suba ya por la carretera y me deje de caminos naturales (cuánta razón tenían). No hago mucho interés por seguir la ruta del camino y con la excusa de que me estaba quedando sin agua y el calor apretaba me interno en el pueblo donde soy escudriñado por los lugareños cual extraterrestre vestido con ropas extrañas y platillo volante de dos ruedas.
Paro con tranquilidad a avituallarme de líquidos (donde me roban 2 euros por dos botellitas de agua fresca de medio litro) y consulto a unos jóvenes cómo volver desde allí al camino atravesando el pueblo. Nuevamente me aconsejan que vaya por carretera que la subida al puerto por el camino primero hay que bajar bastante y después unas rampas muy duras. Como recordaba más o menos el recorrido, decido seguir sus indicaciones de ir unos metros por carretera para enlazar con el camino. Allí comienza el pequeño desfiladero del río Ruecas y donde me encuentro una señalización de una rampa del 26% que no bajé pero impresionaba sólo de verla.
En este momento el paraje y el entorno entra en otra dimensión: altos árboles, vegetación frondosa y rodeado de montaña. Es el inicio de la parte más bonita de la ruta de esta primera etapa. El camino está perfectamente señalizado, la pista muy decente, pero las vistas, el silencio y el entorno hacen que esos momentos, más que pedalear consigan que levite.
Las rampas comienzan a ser cada vez más duras y cada vez que acometo alguna, el porcentaje no baja del 12 %, pero es un continuo tobogán con tendencia siempre hacia arriba. De hecho, veo los coches que van por la carretera y a veces me dan envidia de subir continuo y con rampas estables. Paro en un alto para contemplar el paisaje (y tomar aire y agua) y veo que la cima no me queda muy lejos, pero ¡oh sorpresa! hay una bajada impresionante y larga hacia delante y me temo que lo que se baja habrá que subirlo y con mayor pendiente. No me equivoco: atravieso un pequeño riachuelo y el camino se convierte en cemento para acometer durante un kilómetro rampas del 15 al 20%. ¡Qué sufrimiento, por Dios!
Cuando llego casi al alto me refugio en una sombra (el sol pegaba ya de pleno y había más de 30º) para reponer líquidos y contemplar nuevamente el impresionante espectáculo de la Sierra de Guadalupe. En el alto enlazo con la impresionante vista de la Sierra de las Villuercas desde el alto de Puertollano. Se me eriza el vello sólo de recordarlo. Qué paisaje, qué hermosura.

Unos minutos de descanso, en el que los sentimientos y los recuerdos y la conciencia de la trascendencia de lo que ya había conseguido y lo que me esperaba me permiten coger algo de fuerzas para acometer los últimos 15 kms. Me creo que ya está todo hecho porque, en teoría, debería ser todo bajada prácticamente hasta Alía, el final de la primera etapa. Nuevamente craso error.
Comienzo bajando, sí, pero en un cruce mi intención es ir por la pista ancha por donde me cruzo con un todoterreno, pero el mapa y la señalización me indican que hay que salvar un monte donde el camino asciende haciendo zig-zag. Aquí no hay cemento y la enorme cantidad de grijo suelto añadido a la pendiente exagerada me obligan a desmontar para recorrer unos 20 metros andando. Retomo la cabalgadura en una rápida bajada que me conduce ¡al camino que no había tomado. Maldito sendero! Con el calor, los kilómetros recorridos y el cansancio, tener que bajarme de la bici y caminar suponen un martirio.
Ahora sí que la bajada es constante y pronunciada. Alcanzo buenas velocidades y me creo que, a la vuelta de la esquina, debe estar Alía, pero los kilómetros pasan más despacio de lo que yo me creo, fruto del cansancio y las ganas ya de llegar. Me tengo que parar un rato porque unos operarios tienen una encina enorme en medio del camino y están cortándola para sacarla del camino. Sigo rodando y al fondo de unos montículos parecen divisarse casas que espero con toda mi alma que sea ya Alía, pero una nueva rampa llena de piedras un porcentaje de dos dígitos y el calor retrasan nuevamente que me acerque lo rápido que yo deseo. Ahora sí comienzo a sufrir como un salvaje. La citada rampita de un km se vuelve a hacer eterna y otra vez cuando encuentro una sombra en el alto tengo que parar a beber del bidón, porque el depósito de la mochila se agotó hace ya algún tiempo. Pero ya me encuentro a menos de un km de Alía
Allí, plantadas un montón de casas en medio del secarral se encuentra el pueblo de mis antepasados: mi padre, mi abuela paterna y mi abuelo materno nacieron en esa localidad. Cuando entro en el pueblo voy atravesando las calles envuelto en un halo de emoción indescriptible. No solo he sido capaz de hacerme más de 90 km por caminos desconocidos en los que no he encontrado un alma (ciclista) sino que he cumplido el llegar a la meta en condiciones más que aceptables. Son las 15:40 cuando alcanzo la carretera general en busca de la pensión la Taberna donde intentaré recuperarme del esfuerzo.
La tarde, después de una reconfortante ducha y una excesiva y opípara comida (el agotamiento me hace engullir un menú completo a las 5 de la tarde) se me antojaba de una sola forma, estar tirado en la cama recuperándome del esfuerzo. Nada más lejos de la realidad, no consigo dormir la siesta con la que casi soñaba los últimos kilómetros de ruta, por lo que decido pasear por el pueblo e, incluso, acercarme a la casa de tía María, donde me indican que no estaba en el pueblo.
Deambulando por el pueblo y subiendo por la carretera de La Calera encuentro un lugar desde el que se divisa toda la villa, llegando mi vista hasta Castilblanco y Valdecaballeros. También visualizo la parte de ruta desde Puertollano.
Después de cenar en la pensión me meto rápido en la cama a ver si soy capaz de recuperar rápido.
Levantarme me cuesta un triunfo, no tanto por el cansancio como por la pereza. El cuerpo no me duele demasiado y me encuentro bien. A las 7:30 estoy desayunando en el bar El Gorila donde me pongo tibio a bizcocho casero. Me llenan el bidón de hielo, lleno agua y comienzo la ruta a las 7:50.
Dejo atrás mis orígenes para adentrarme en el conocido entorno de la Sierra de Altamira donde mis padres, tíos y primos han pasado tantos días disfrutando de su tierra. Voy camino de “El Campo”.
El camino de las Villuercas me dirige dirección sur alejándome de Alía y de la carretera que después tendré que cruzar camino del Puerto de San Vicente. Me cruzo con un rebaño de ovejas y por las horas tan tempranas que decido iniciar mi segundo día de ruta, junto con la velocidad que la bajada me obliga a coger, me hace pasar un poco de frío. El día despierta absolutamente despejado, haciendo relucir el encanto del entorno, pero también anunciando que el calor que puedo pasar en la mitad del día puede ser de cuidado.
Con las primeras rampas, el frío inicial no deja de ser más que un recuerdo. Las dehesas de encinas, supongo que centenarias, desprenden un olor que me resulta ya muy familiar y hasta habitual. ¡qué  gozada!

Llego a un alto después de subidas suaves desde donde se divisa el valle del río Guadarranque con el alto del Puerto de San Vicente al fondo. Llevo una hora de ruta y las sensaciones son buenas. A partir de ese momento, la ruta entra en otra fase más salvaje y dura. Se suceden sin interrupción los descensos vertiginosos con grava en los que pienso que casi se va más rápido subiendo que bajando. Mi habilidad innata me hace tomar las curvas casi en cuadrado. Algún que otro derrape me hace verme en el suelo y allí, realmente, no pasa mucha gente por lo que extremo las precauciones.
Llegado a un embalse o balsa inicio una salvaje rampa llena, nuevamente, de grava, tengo que echar pie a tierra casi de milagro, porque no soy capaz de sacar rápido la cala y tengo que caer aparatosamente sin ningún daño. Unos metros otra vez andando y en cuanto la rampa me lo vuelve a permitir, continuos sube y baja con desniveles de locura.
En uno de esos continuos sube y baja, alcanzo velocidad y en un bache, el portaequipajes de Carlos decide que ya está bien de tanto golpeteo y se rompe por la junta. Por mi cabeza, además del disgusto, comienzan a pasar ideas apocalípticas como tener que llamar a Lupe que me venga a recoger porque no puedo seguir. Pero apaño las dos mochilas en la espalda y, aunque más incómodo, puedo pedalear con facilidad.
A partir de ahí un rápido descenso hasta la carretera y el puente sobre el río Guadarranque. Mirada hacia el camino de mi padre, al cielo y a los árboles, jaras, piedras y todo el entorno donde se encuentra el corazón y el espíritu de papá.
En ese momento me quedan las rampas más difíciles y complicadas de toda la ruta, soy consciente, pero creo que incluso llevando las mochilas como las llevo, voy a poder. Las primeras rampas son suaves y bastante llevaderas. Atravieso algunas partes de eucalipto (cuanto mal hace esta especie al ecosistema de las Villuercas) y jara, mucha jara. Voy casi paralelo a la carretera y me creo que, aunque hay rampas duras, podré superarlo. Descanso para hidratarme y colocarme las mochilas cuando aparece ante mí una rampa que parece dura pero que creo que la podré acometer para llegar a un cruce con la carretera. Iluso ignorante: rampa del 20% con mucho grijo suelto que hacen que no pueda ni dar pedales. Pie a tierra y a subir toda la cuesta andando, que con las mochilas mal colocadas, me hacen sufrir más de la cuenta hasta llegar a la carretera
Y en la carretera me surge el dilema: seguir por el camino natural o subir hasta el puerto por la carretera. El camino enfila una bajada importante para después remontar, y la carretera, al menos al principio, llanea y sube suave para después encontrarse con el camino más arriba. Tomo la decisión fácil y acertada: voy por la carretera. Me siento traidor al trazado original pero cuando estoy subiendo y las rampas se endurecen me reafirmo en lo acertado y sensato de la decisión. Paro al lado de un lugar en donde un día hubo una fuente, la fuente de la Teja, donde siempre parábamos de pequeños para que papá echara un trago. De la fuente no queda nada y los matorrales han hecho desaparecer cualquier rastro.
Sigo subiendo y las rampas se endurecen durante un par de kilómetros, viendo a mi izquierda el camino natural que discurre paralelo a la carretera y sufriendo rampas del 10% por el asfalto siento alivio de no haber optado por el camino porque seguro me hubiera tocado subirlo andando. Llego a la cima del puerto con la mochila un poco descolocada en la espalda y con el cuello ya dolorido de la postura y la colocación de las mochilas, pero me interno en el camino que sale hacia la izquierda que, imagino, desembocará en algún mirador a todo el valle del Guadarranque.
Camino tortuoso de piedrolos y baches que acaba en un lugar espectacular: un balcón a todo el valle desde donde se divisa “el campo” en todo su esplendor y magnitud. Paso unos minutos alucinado y alucinando completamente de la grandiosidad de las vistas y de lo que siempre significó para mi aquel espacio tan especial: de pequeño y adolescente eran una cárcel en la que me aburría como una ostra y al que no le encontraba ningún encanto; más adelante un lugar ligado para siempre con el retiro de mis padres y mis tíos donde encontraban sentido a la vida. A mi me daba paz y me enraizaba con unos orígenes que, condicionado por los continuos veranos en Carballo de pequeño y jovencito, apenas identifiqué como algo propio hasta ser ya más adulto.
Hago la llamada a Lupe:   “He coronado El Puerto de San Vicente”,   “Me quedan unas tres horas de bici y sobre las 2 y media estaré en Calera y Chozas”
Comienzo el inevitable descenso para dejar definitivamente el Camino de las Villuercas y enlazar con la Vía Verde de la Jara. Parece una metáfora sobre la vida: se acabaron las emociones, subir y bajar, los picos y los valles, comienza el declive, parece que ya está todo hecho y ya sólo queda dejarse ir; nada más lejos de la realidad, todavía queda sufrir.
El camino se torna carretera, aunque continúa el balizamiento de camino natural. Es el momento en que alcanzo mis más altas velocidades, por carretera muy ancha y bajando a tumba abierta, el velocímetro alcanza sin dificultad los 50 y los 60 km/hora. Pensando que la estación de Santa Quiteria se encontraba cerca de El Puerto, este tramo de casi 10 km se me hace realmente largo.

En la estación de Santa Quiteria, para mi sorpresa me encuentro con un montón de ciclistas. Es cuando me doy cuenta que he hecho casi 130 kilómetros sin cruzarme con nadie. Allí como algo, repongo líquidos (que a eso del mediodía ya empezaba a hacer calor de verdad y lo echo en falta) e inicio la ruta por la Vía verde casi añorando los paisajes, rampas y emociones que he vivido hasta ahora. Tengo la sensación de que ya está todo hecho.
El ritmo que voy tomando es alto, muy alto me parece incluso. Velocidades sin apenas forzar rozando los 30 km/hora que me hacen pensar que voy a llegar demasiado pronto a Calera y Chozas. Pero, de repente, empiezo a no tener muchas fuerzas y voy disminuyendo paulatinamente la velocidad. El depósito de la mochila se me acabó subiendo el puerto y el agua, que había cargado en Alía hacía más de 4 horas antes, ya estaba como el caldo.
Poco a poco siento fatiga y cuando el terreno no desciende me doy cuenta de las pocas fuerzas que me quedan. Además, el viento sopla de frente con lo que paso de unas velocidades elevadas a quedarme casi parado. El paisaje tampoco ayuda: enormes rectas casi sin fin que consiguen desalentarme un poco más. Y por si fuera poco, con tanto ciclista por la vía, el que me adelanten algunos no contribuyen a mejorar mi sensación de avance. He de recordar si se me ocurre hacer esta vía otra vez que hay que llevar linternas para cruzar por los túneles porque en algunos daba igual ir con los ojos abiertos o cerrados.
Los primeros kilómetros de vía verde pasaron muy deprisa, pero llega un momento en que veo que quedan 46 kms. Sólo había recorrido 12 y me parecía un mundo. Me queda apenas medio bidón de agua y el sol y el aire pegan de lo lindo. La percepción de que iba muy deprisa y que quizá iba a llegar demasiado pronto desaparecen rápido.
Cuando estoy llegando a la altura de la estación de Sevilleja de la Jara observo muchos niños, familias completas (con aspecto de hacer poco ejercicio) y me llama la atención que estamos a muchos kilómetros del inicio de la vía como para hacerlo con los críos. En la susodicha estación veo que hay coches aparcados, mucho bullicio y mesas de bar ocupadas por ciclistas tomándose unas refrescantes cervezas. No lo dudo un instante, salgo de la vía, aparco la bici, tiro literalmente las mochilas en el suelo y me acerco a pedirme una jarra fresquita de cerveza con el correspondiente aperitivito. Si no fuera por los más de 140 km que llevo en las piernas parecería que estoy de turismo.
Descanso, quizá demasiado largo, con avituallamiento de agua correspondiente e inicio nuevamente el camino. Mis cálculos iniciales de llegada sobre las 2 y media se complican y le envío un mensaje a Lupe diciendo que creo que a las 3.
Pasado Aldeanueva de Barbarroya el camino es reconocible porque allí llegué con la Talajara en septiembre pasado. Paro en el viaducto sobre el Tajo para observar lo que sería prácticamente la última vista realmente espectacular de la ruta completa. A partir de ahí soy consciente de que quedan sólo 18 km y tengo que darlo todo para llegar a la hora comprometida con Lupe.
El recorrido se va haciendo cada vez más feo fruto de la proximidad con los núcleos habitados. El viento y el calor se hacen cada vez más sofocantes. De hecho, los aspersores de regadío cercanos al camino debido al viento esparcen el agua más allá de su establecido radio de acción y acaban salpicándome, situación que agradezco de manera infinita.
La última recta, a pesar de los mojones que indican que sólo queda un kilómetro, se hace eterna y tan sólo la vista de la silueta de Lupe y los niños me hacen respirar profundamente, erizarme el vello y sentirme un pequeño aventurero que ha conseguido una auténtica hazaña.
Nunca le agradeceré suficiente a Lupe el empuje y ánimo que me dio para hacer de esta pequeña aventura la experiencia más apasionante que he vivido encima de una bicicleta.

 - Crónica cortesía de nuestro cabra Valentín -


8 de marzo de 2014

Pico Jano y La Viorna

Hacía ya un par de años que teníamos en la carpeta de rutas pendientes esta escapada a Liébana, siempre surgía algún contratiempo de última hora que impedía llevarla a cabo. Hasta hoy, este año se alinearon los planetas dándose las condiciones perfectas, disponibilidad, un estado de forma aceptable y buen tiempo asegurado, esto último imprescindible para poder disfrutar de las extraordinarias vistas.
 
La  ruta comienza y termina en el pueblo de Tama, el itinerario que seguiremos sin apenas tocar asfalto es el siguiente: Tama - Potes - Porcieda - Tudes - Tollo - La Vega - Bores - Enterrías - Dobarganes - Mieses - Potes - Tama. Uniendo los senderos PR-S3 (Camino de Arceón) y el PR-S6 (Camino del Valle de Cereceda) nos acercaremos a dos excelentes miradores de los Picos de Europa, el Pico Jano (1447m.) y el Monte Viorna (1151m.), culminando con un vertiginoso y delicado descenso (con gran desnivel en su comienzo) a Mieses antes de regresar al punto de partida.
 
Aplicando el dicho de... "una imagen vale más que mil palabras"... pasemos al material gráfico.
 
Al poco de comenzar el primer ascenso contemplamos La Viorna y el Macizo Oriental.
 
Atravesamos el alcornocal de Tolibes.
 
El que fuera antiguo Camino leonés en algunos tramos se vuelve más abrupto. 
 
Después de visitar las ruinas del antiguo Monasterio de Santiago llegamos al abandonado pueblo de Porcieda.


Pueblo de Tudes con el objetivo de fondo.
El PR-S6 llegando al pueblo de Bores.
 
Enterrías visto desde Dobarganes.
 
Estanque de la Tejera, también conocido como La laguna del Pico Jano.
 
Unas cabritas recién nacidas con su madre en la pista que asciende a la cumbre del Pico Jano
 
La cumbre del Pico Jano y sus 360º panorámicos de paisaje.
El famoso (por desgracia) argayo de Sebrango en el centro de la imagen.
 
La Montaña Palentina desde el Pico Jano
La Cruz de La Viorna.
Potes con Peña Ventosa y Peña Sagra de fondo.
 
Video del descenso por el Portillo del Agrajal.
 
Pocas rutas ofrecen paisajes tan privilegiados de Los Picos de Europa, El Macizo Oriental, algunas cumbres del Macizo Central,  La Montaña Palentina, Peña LabraPeña Sagra, uno puede pasarse horas contemplando tanta montaña, a esto hay que incluir también los valles y pueblos de la Comarca de Liébana que se alcanzan a ver, que son muchos. Por contra, el peaje que hay que pagar es un IBP=187, sus algo más de 1900m. de desnivel acumulado concentrados en apenas 30 kilómetros hacen que la ruta sea de una dificultad física muy alta. Si queremos disfrutar la ruta hay dos aspectos importantes a tener en cuenta a la hora de realizarla, el primero tener una aceptable forma física, si nuestro cuerpo aguanta habrá merecido la pena, de lo contrario resultará un calvario, y segundo hacerla en un día despejado para que el esfuerzo realizado sea compensado con el espectáculo paisajístico que sin duda amenizará la marcha. A Fonso y a mí nos compensó con creces, ya estamos pensando en la siguiente escapada a Liébana.