15 de septiembre de 2016

El Monte Hijedo

Situado al sur del Pantano del Ebro entre las provincias de Cantabria y Burgos (y repartido a razón de unas 1200 ha y 800 ha respectivamente) se encuentra el espectacular bosque del Monte Hijedo, uno de los robledales más importantes de la península ibérica.

Con semejante tarjeta de presentación y con el añadido que supone el no haber visitado nunca el lugar y tener como compañero de ruta a un buen conocedor de la zona... ¡La ruta promete!
  
Un gran tejo centenario abrazado a una gran piedra.
















El  recorrido transcurre por el límite territorial entre Burgos y Cantabria, entrando y saliendo constantemente de provincia. Espinosa de Bricia (CA. 945 m) es el punto de partida y también pueblo de Miguel Ángel, anfitrión y único compañero es esta ocasión.

Comenzamos dejando atrás el páramo, bajando por un pinar hacia Villamediana de Lomas (BU. 840 m) donde somos recibidos por un par de mastines muy simpáticos y pacíficos. Desde el mismo pueblo sale una pista por la que seguimos descendiendo hasta Cejancas (CA. 735 m).  Aquí salimos a la carretera para ascender a Riopanero (CA. 830 m), pueblo que alberga el Centro de Interpretación del Monte Hijedo. Poco antes de llegar al pueblo observamos carteles informativos del Monte Hijedo junto a la pista de entrada, pero decidimos subir al pueblo para dar una vuelta y conocer el Centro de Interpretación.

Descendemos del pueblo acompañados de dos caballos sueltos, para seguir por la pista que se adentra en el monte. A nuestra derecha distinguimos las secuelas del incendio del verano pasado, que dejó una gran cantidad de monte quemado a las puertas de esta maravilla de masa forestal. No puede uno evitar el pensar lo que supondría la pérdida de un entorno así, y el cómo puede haber mentes capaces de disfrutar con su destrucción... pero bueno, por suerte y gracias a la colaboración de organismos y voluntarios no tuvo consecuencias mayores.

Uno de los numerosos vadeos al río Hijedo.
















Al  llegar al refugio La Corva giramos a la izquierda para entrar de lleno al bosque. En ligero ascenso y junto al curso del río Hijedo, que corre dirección al Ebro, progresamos por la pista entre grandes masas de robles y hayas mientras observamos algunas pequeñas cascadas formadas por el río.


Abandonamos la pista antes de que esta finalice para seguir por un camino que baja hacia el río. Si nos pasamos la pista esta acaba bruscamente, así que sólo hay que retroceder unos 100 m. Aquí empieza lo bueno en lo que concierne a la bici, cruzamos el río unas cuantas veces con diferentes niveles de dificultad, salvamos árboles caídos, troncos, piedras, nos exprimimos en cortas subidas y disfrutamos de algunas bajadas...las menos, todo ello por un precioso sendero cubierto ya por las primeras hojas caídas del otoño entrante.

Aunque no lo parezca, se pasó por el agua.
















Las paradas que hacemos sirven para apreciar la maravilla que nos rodea. A los abundantes robles y hayas se suman demás especies arbóreas: acebos, abedules, pinos, avellanos, tejos (algunos de ellos centenarios) formados sobre rocas gigantescas agarradas entre sus raíces mostrando un aspecto de auténtico cuento. La imaginación se dispara si además pensamos en la fauna que lo habita: nutrias, tejones, búhos, milanos, jabalíes, corzos, además del lobo... "el amu del prau", que destaca sobremanera con permiso del oso que recientemente ha vuelto a  hacer acto de presencia en el bosque. 

El otoño ya está cerca.
















En  un cruce señalizado conocido como Los Caserones debemos coger el camino de la derecha (a la izquierda, por el que luego volveremos, indica a la Cabaña Hijedo). El sendero pronto se convierte en pista para salir brevemente del bosque a una zona despejada, donde debemos continuar por la izquierda describiendo un semicírculo hasta llegar al camino señalizado de la Cabaña Hijedo.

Un lujo ciclar por el sendero.
















En  este tramo llaman poderosamente la atención algunos tejos centenarios desarrollados sobre grandes piedras. Un mirador natural señalizado ofrece una amplia vista de buena parte del bosque, y seguido llegamos a otro cruce de caminos en el que giramos a la derecha para llegar a una explanada en la espesura donde se halla el caserío conocido como la Cabaña de Hijedo, una curiosa construcción que tiene vivienda, capilla y granja, a parte de un gran tejo centenario en su patio central, dos torres muy llamativas y un pozo con una bomba de mano del que mejor no beber. Por cierto, un dato a tener en cuenta es que en el monte no hay fuentes.

Palacete de principios del  siglo XX conocido como Cabaña de Hijedo o La Casa del Monte.
















Estamos en la cota más alta de la ruta y hasta aquí ha predominado el ascenso, ahora toca descender hacia lo más hondo del bosque. Para ello regresamos al anterior cruce de caminos y escogemos el camino de la derecha. Por delante tenemos otro tramo de sendero hasta el cruce de Los Caserones por el que seguir disfrutando del sendero y del entorno en el que ahora predominan las hayas. 

De vuelta se repiten los vadeos al río. Uno de los fáciles.
















En  el cruce de caminos del Los Caserones sólo queda repetir los mismos vadeos del río, ahora en sentido contrario, y salir a la pista principal para volver sobre nuestras rodadas y dar por terminada la ruta donde comenzamos, en Espinosa de Bricia


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Ruta para disfrutar al máximo de la bicicleta de montaña, los 20 km de vuelta por el bosque no pueden ser más bonitos y entretenidos, !bueno sí!, quizá entrado el otoño pueda mejorarlo con su colorido. También resulta ideal como ruta senderista, otra manera más tranquila de recorrerlo que dejará sin duda otras sensaciones y una visión más detallada. En bici se puede realizar desde cualquiera de los muchos pueblos de su alrededor, ampliando mucho las posibilidades de la ruta. La ciclabilidad es muy relativa y depende de las fuerzas y la técnica de cada uno, para mí lo fue casi en su totalidad, echando el pié a tierra en sólo un lugar, donde había un salto considerable, por prudencia que uno ya no tiene edad para arriesgar más de la cuenta. Pero independientemente de que nos bajemos de la bici, una, ninguna o treinta veces, para el aficionado al mountain bike esta ruta es una auténtica gozada, dejando unas sensaciones difícilmente explicables y unas ganas de volver tremendas.

El Garmin tuvo el día tonto apagándose cada dos por tres, así que el IBP no lo indico porque no es muy fiable, pero en total salieron unos 40 km y un desnivel de subida acumulado de unos 950 m. Así que físicamente no es muy exigente, aunque tiene algunos tramos cortos realmente duros dentro del bosque. El track está retocado para que sea lo más fiable posible y pueda seguirse sin problemas.

Sin duda un lugar mágico. Ruta de 10.

10 de septiembre de 2016

Un "8" por Navafría

Después de varios días buscando en wikiloc rutas chulas por la sierra, localizo en el puerto de Navafría ciclistas que habían hecho el 8 de Navafría. La diseño en el Sigma y la cargo en el aparato para recorrerla cuando tenga una pequeña oportunidad en las siguientes semanas. El plan de la subida a la Quesera de este se chafa, por lo que activo el plan para hacer esta ruta, aun a sabiendas que al 99.99% de posibilidades la haré solo porque es difícil encontrar otro zumbado que quiera pegarse el madrugón para acompañarme.

Como si un día laborable se tratara, a las 6:30 me levanto y después del ritual del desayuno y vestido ciclista, me meto en el coche rumbo a Lozoya, punto de partida. A las 8 estoy ya pedaleando con unos agradables 14 grados que me permiten hasta ponerme los manguitos.

La ruta empieza por la carretera de subida al puerto con un desnivel “agradable”, aunque se echa en falta no haber calentado un poco más. Me alcanza un tipo que ya venía en bici de carretera y preguntándome si subo al puerto y la distancia que hay casi se anima a acompañarme por pista. El desconocimiento de si la pista estaba bien para que él pudiera rodar por ella le hace desistir y en la curva en la que se inicia la pista el sigue por la carretera. Un vecino muy amable me indica la ruta correcta para subir.

A partir de aquí, las rampas suben un poco más alcanzando en muchas ocasiones los dos dígitos de desnivel, llegando, incluso al 14%. Aún así, la pista está en perfectas condiciones y el silencio, apenas roto por el trinar de los pájaros (qué bucólico ha quedado), me hace disfrutar como hacía tiempo. Son unos 3,5 km con una pendiente constante entre robles que aportan algo de sombra al camino. También es cierto que el sol todavía no está en todo lo alto.
















Después se llega a un pequeño descansillo donde se pueden ya apreciar, con la altura alcanzada, las impresionantes vistas del valle del Lozoya. Quito los manguitos y a afrontar la siguiente fase en la que la pista empieza a tener un poco más de grijo, piedrecitas y pedrolos, aunque sigue siendo perfectamente ciclable. El bosque de robles cambia al típico pino de montaña de la zona.
















A los 7 km desde la salida se vuelve a llegar a otro descansito para afrontar la última subida hasta el cruce con la Horizontal. Aquí, en un par de puntos tengo que echar pie a tierra, ya que mi innata impericia para pasar por encima de unos piedrolos considerables me impide continuar montado.

Se suben los últimos 2 km de subida hasta el cruce de la Horizontal con una pendiente más suave y cuando se llega al cruce, rodar se convierte en una gozada por el estado del firme y por las vistas que se comienzan a disfrutar desde esa altura. Me encuentro con unos chavales que habían pinchado, les ayudo un poco a colocar los frenos y continúo con mi ruta. Ahora el camino es un ligero descenso, dominando a la izquierda unas magníficas vistas del valle del Lozoya.


En lo alto del puerto, desciendo unos metros para desviarme a la izquierda por medio pista, medio camino casi asfaltado con barrera que los peatones y ciclistas podemos salvar sin dificultad. Ahora el camino pica un poco hacia arriba y las impresionantes vistas desde el mirador de Navalcollado son ahora hacia la derecha y a la vertiente segoviana del puerto.

Con las paradas de rigor para inmortalizar el momento y recuperar fuerzas (que bien sientan los plátanos cuando estás montando en bici), se inicia el rapidísimo descenso por una zona asfaltada con buena visibilidad que me lanza a velocidades más que respetables. Hay que ser prudente porque la pendiente es alta.

Llegado a una curva a la derecha me encuentro con un desvío a los Chorros un poco a la izquierda. Como había trazado la ruta por la carretera, decido seguirla en vez de ir por la pista de los Chorros. Cuando llego a casa y veo por donde desciende la pista de los Chorros no lo dudo: la próxima vez bajaré por ahí.
















Sigue el vertiginoso descanso por asfalto hasta llegar a la entrada del área recreativa de los Chorros y continúo hasta la entrada del pueblo de Navafría. El cerrado bosque de pinos y la velocidad sin descanso que se alcanza me piden un poco de calor y se agradece un montón los rayos de sol que ya empieza a calentar. La sensación desaparece rápido porque llegado al pueblo se inicia nuevamente y de forma muy ligera el ascenso de vuelta.

Apenas dos km por la carreta comarcal para desviarse a la izquierda a la presa del río Cega. Se continúa otro par de km por asfalto hasta que finaliza en una barrera y comienza la ascensión por pista. La subida por esta vertiente se puede hacer, al menos, por un par de pistas. La que elegí son casi 6 km se subida continua por una pista con mucha piedra y un poco irregular que hace el pedaleo incómodo. La pendiente no es muy alta, pero se indigesta un poco al tener que ir esquivando las piedras y pequeños surcos del camino. Pasado ese tramo de subida continua, las rampas dan un respiro, aunque de manera intermitente se sigue subiendo durante 4 km más hasta llegar al alto.

Por el camino, vacas pastando, algunas quieren animarme, otras simplemente están plantadas en medio del camino y tengo que salirme yo para no molestarlas. Salvo pequeños tramos, todo el camino discurre entre altos pinos que proporcionan una sombra que se agradece para paliar el calor del día y el que genera el esfuerzo de la pedalada.

Al pasar un pequeño repecho considerable de apenas 50 metros se enlaza ya con la carretera camino del alto donde se inicia el descenso por carretera durante un par de kilómetros para desviarse a la derecha en un descampado más que camino bien definido. Salvada una barrera, el camino, esta vez ya de esos pestosos, se intuye más que otra cosa.


No recordaba que se seguía ascendiendo y con el mal piso que se tiene que recorrer, el calor y los kilómetros recorridos ese kilómetro y medio se me atraganta un poco. Para mayor incertidumbre, el track marcado en el Sigma gira inesperadamente a la izquierda. Paro y compruebo que a la izquierda no hay más que un barranco, ni sendero ni pista ni nada de nada. Decido continuar la pista hasta donde me lleve. Pregunto a un guarda que me cruzo y me confirma que he de seguir la pista y donde haya cruces, tomar siempre el de la izquierda.

Más tranquilo ya, sigo avanzando hasta iniciar un largo y divertido descenso por la pista rota y llena de polvo. Curvas violentas, piedras en el camino y pendientes imposibles son la definición de los 6 km de descenso. Casi cierro los ojos para pasar por algunos tramos donde, a pesar de ir casi siempre frenando, las velocidades son muy altas. La pista finaliza ya en el pueblo de Lozoya, con la sensación de haber disfrutado como hacía mucho, mucho tiempo que no lo hacía, de haber descubierto nueva zona para montar y la espinita de haber ido solo y no tomarme una cervecita en el pueblo para celebrarlo.

Algo más de 3 horas y media ciclando, 48 km y medio y 1.340 metros de desnivel positivo.

- Crónica cortesía de nuestro cabra Valentín -